ESCUELAS PÁS DE ESPAÑA TERCERA DEMARCACIÓN

 

 

 

de la PEÑA, Joaquín Sch.P.

* Cilleruelo de Bezana (Burgos), 02/04/1743
+ Getafe (Madrid), 09/04/1772.


Siervo de Dios.

Nacido en Cilleruelo de Bezana, patria de algunos escolapios y zona de muchos, sus padres se llamaban  Juan de la Peña y María Sainz. Tuvo tres  hermanos: Juan, que pronto se fue a América, y del que no se supo más,  María, que murió muy jovencita, y  Carlos, que se casó, murió después de Joaquín, y narró recuerdos de sus primeros años.   Recibe el Bautismo el día de su nacimiento, 2 de abril, festividad de S. Francisco de Paula, por lo que él mismo recibe el nombre de Francisco, según la antigua costumbre cristiana.

Los primeros conocimientos y vivencias de la fe, los aprendía de sus padres, humildes y buenos cristianos; pero no podía ir a la escuela, pues en su pueblo no había maestros ni  de primeras letras. A los 10 años, para que aprendiera, al menos,  a leer y escribir,  sus padres lo llevaron, a pie o a caballo,  a un pueblo del Valle de Mena. Una distancia que, en línea de atajos, bien conocidos por los lugareños, viene a ser de 30. kms. Fue admitido de limosna en la escuela, y algunas personas le sustentaron por caridad. En estas condiciones, estuvo poco tiempo, pero se inició en la lectura.

Vuelve al pueblo y se dedica al cuidado de sus padres, y  a las tareas de la labranza y pastoreo. Desde muy pequeño, en sus padres y en la tradición cristina de aquel y otros pueblos, vivió la práctica de la vida cristiana. Él la siguió y aumentó, pues había recibido como un instinto, un don y atracción especial,  por lo religioso. Frecuentando la iglesia,  cercana a su casa; alababa ya al Señor por sus dones,  por la bella naturaleza de los campos y la montaña, que él recorría por obligación y  esparcimiento, cuidando los ganados propios, y del vecindario, cuando le tocaba por vez.  No le atraía la forma de vida de los niños  y jóvenes  con los que convivía. ‘Francisco no era de este mundo’, testificaba después de su muerte D. Francisco López, presbítero  y compañero de los primeros años.

Al morir su padre, se puso al servicio de un labrador ‘rico’  de aquellas tierras, para ayudar a su madre y a  sí mismo. Pero pronto lo abandonó, pues era déspota e  irreligioso; tanto, que ni le permitía oír misa. Volvió con sus hermanos y su madre, que, enferma,  murió también  pronto muy. Al casarse su hermano mayor, Carlos, Francisco se quedó solo, y decidió entonces  buscarse otra vida. Se dirigió hacia el norte, donde preveía mayores posibilidades de futuro.
Se dirigía a Trasmiera, región del norte de Cantabria, bañada por el río Miera; pero el Señor, buen samaritano,  le salió al camino. Alguien a quien tuvo la suerte de  encontrar, al que confesó su intento, le aconsejó quedarse ‘a medio camino’, en Villacarriedo, donde estaba el  famoso ‘convento’ de  los escolapios, en el que  podría estudiar, y luego ganarse la vida.  Le dio las gracias, y, en vez de seguir adelante, siguió su consejo. Encontró el hospedaje de una buena  mujer,  llamada Antonia Fernández. Esta costumbre era muy frecuente, y duró hasta los primeros años del siglo XX, entre muchachos sin posibilidades para pagar el costoso internado. Servían a los amos, o pagaban muy poco a las familias vecinas al colegio, y acudían a él a estudiar. Francisco hacía lo que le mandaba la señora Antonia; pero, sobre todo,  iba como gratuito externo a las clases del colegio,  tal hacían siempre los muchachos de Villacarriedo.

Contó  su situación primero al P. Rector, que, a su vez, le llevó al P. Alejo Ruiz, que le orientó y animó.  Luego sería su mejor biógrafo.  En ese momento tenía 18 años de edad; pobre,  y tan mayor,  tenía  que sufrir muchas veces las mofas inconscientes  de los compañeros. La señora Antonia, ella misma mujer piadosa, le animaba a continuar, ‘para ser algo en la vida’. Tuvo también la suerte de encontrarse con el P. Fernando Mazorra, natural del pueblo vecino, Tezanos, que le dirigió  durante cuatro años como confesor,  en su también  extraordinario itinerario interior.

Francisco sigue perfeccionando la lectura, la escritura, y aprende cuentas. Madrugaba para ir al colegio, primero a oír misa y ayudar al celebrante, luego a las clases. A su edad, ese alumno, ese ejemplo de trabajo y educación,  dentro y fuera, llegó a admirar a los mismos ‘carredanos’, que le iban queriendo como a un ‘santo’.

Una sola vez volvió a Cilleruelo con los de su pueblo, y fue a celebrar la fiesta de S. Juan Bautista. Su diversión ya no podía ser la misma de niño, ni la que veía entre los vecinos. Tanto es así, que, enterado de la situación lamentable de un pobre, fue a visitarlo al pajar donde yacía enfermo y moribundo.

            Con ocasión de alguna fiesta en Las Caldas, en el Monasterio de Padres Dominicos, el ‘Ama’ carredana quiso ir, como otras veces, de peregrinación,  y a hacer la confesión general con algún fraile. Invitó a Francisco, que no dudó en aceptar; era lo suyo. Cuenta el P. Alejo en la Vida del Venerable H. Joaquín de Santa Ana,  que, habiendo consultado con un confesor el futuro preocupante de su vida, aquél le aconsejó hacerse religioso, recordándole lo de Jesús al joven rico: “Ve, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, ven y sígueme”.  Este consejo, y la idea de ser maestro de niños, le atraía desde muy joven, y ahora vio más cercana la posibilidad. De momento, sólo unos pasos, desde la casa del Ama al colegio de escolapios, al que quiere incorporarse con mayor identificación.

El día 6 de septiembre de 1767 se entrevista con el P. Rector y se ofrece como criado. Era Rector el P. Pablo Muñoz, quien, una vez aceptado, lo envía al  P. Joaquín Rodríguez de la Madre de Dios, profesor, y luego dos veces  también Rector de aquel Colegio.

 Francisco fue colocado en la cocina,  como  ayudante del H. Hermenegildo Ocio. Éste, a su vez, le ayudó mucho,  pues muy pronto se dio cuenta de su situación y colaboración. Los buenos ejemplos de trabajo y los consejos evangélicos se intercambiaron entre ellos, aunque los del Hermano a veces fueron indiscretos, por lo que una vez le  amonestó el P. Pablo. No veía ya casi la diferencia con el hermano, y se sentía religioso. Y de los buenos, pues cuentan de él muchos testigos, entre ellos el P. Rector, que por la noche pasaba largas horas en la iglesia, arrodillado ante el Santísimo.  Ya estaba contento.  Leía libros de piedad; asistía diariamente a la Misa, donde hacía de monaguillo del escolapio que la celebraba. Iba a la oración con la misma Comunidad. Y seguía estudiando, para hacerse también ‘maestro’.

  En 1765 muere su confesor y director, el P. Mazorra, a los 38 años. Joaquín se acoge entonces  a la confianza que le ofrece su homónimo, el  P. Joaquín, a quien elige como confesor.  En 1766 llega como Rector del colegio el P. Pablo Muñoz de S. Silvestre, que luego fue  Provincial. También él continuó ayudándole mucho en el discernimiento de las dificultades y ‘tentaciones’ que decía le impedían  en el crecimiento espiritual. Seguía trabajando en las tareas domésticas, sobre todo en la cocina del internado,  y las propias de la iglesia.

Pero, convencido de que los estudios no eran lo suyo,  optó por seguir el ejemplo del H. Hermenegildo, y dedicarse directamente al Señor en las Escuelas Pías. Pensado y hecho, pues se decidió a pedir el ingreso en la Orden, que ya conocía y tanto quería, y cuyos religiosos le animaban, pues conocían bien de cerca  sus extraordinarias cualidades  humanas y religiosas. En nombre de todos lo aceptó el P. Pablo. Éste enseguida se lo comunicó al Provincial, P. Tomás Díaz, quien debía aceptarlo legalmente para poder tomar el hábito de la Orden, lo que delegó al P. Rector.

Así,  alegre como un niño, a sus 24 años  vistió el hábito escolapio para hermano operario en Villacarriedo,  el 6 de septiembre de 1767. Queriendo olvidar su vida pasada y emprender una nueva, pidió cambiar también el nombre de bautismo, como solían hacer otros. Y desde entonces pasó a llamarse Joaquín de Santa Ana, como se le conoce dentro de nuestra Orden. Lo que no cambiaron fueron las tareas en que hasta entonces venía ocupándose,  sobre todo la de cocinero de la comunidad y el internado. Durante los años que vivió en el colegio como cocinero, estuvo también encargado de  “La Perola”, institución benéfica en todos nuestros colegios, que consistía en distribuir la comida sobrante de los colegiales a los menesterosos, que hacían cola en la puerta más cercana a la cocina. Se cuenta que alguna vez el H. Joaquín tuvo que acudir a la fe, y multiplicar los panes, con la ayuda de aquel Señor, que lo hizo en su día por su propia virtud. Terminó en Carriedo los dos años del primer noviciado prescritos entonces por las Constituciones. Al terminarlos, después de una votación favorable de la comunidad, necesaria para la admisión, fue definitivamente aceptado en la Orden.

El día 11 de julio de 1769 salió para Madrid a continuar su segundo noviciado  en el Colegio de San Fernando.  Allí tuvo como maestro de novicios al P. Alejo Ruiz, que ya lo conocía de su estancia en Villacarriedo, como sabemos, y adonde volvió en 1778 como Rector. Sometió al H. Joaquín  a duras pruebas de obediencia, y otras. Su actitud y entrega en este momento de su vida seguían siendo ejemplares, en la oración, en la humildad y en el trabajo. A la disciplina espiritual y de Reglas, que practicaba desde Villacarriedo, añade, como siempre, el trabajo de la cocina, colaborando con otro hermano que estaba al frente de ella, pues eran muchos a la mesa entre la  comunidad y los colegiales. Ellos eran los encargados de repartir la comida sobrante entre los pobres que acudían a la ‘Perola’ a buscarla. El tiempo escaso que podía quedarle lo empleaba,  arrodillado, orando en la iglesia, donde se le podía ver con asiduidad admirable. También aquí, como en Carriedo, corría la fama de su santidad, y de él se contaban prodigios entre los  que frecuentaban el colegio de S. Fernando.

Los superiores le ordenan dejar este colegio e ir al de Getafe. Renuncia  a sus ‘bienes’ a favor de su hermano Carlos, ante el escribano de Madrid, D. Miguel Tomás Páris el 9 de julio de 1771,  y el 16 del mismo mes y año pronunció su profesión solemne, en presencia del P. Provincial, Tomás Díaz.

En Getafe,  su director fue el P. Isidoro Garrido. Su vida diaria se iba desarrollando en el   pequeño ámbito local:   huerta, panadería, cocina, enfermero, barrendero, sacristán, y procurador de pobres. Vida sencilla, pero admirable. A las tareas señaladas añadía en la puntualidad al  horario de oración de la vida religiosa, que él prolongaba en contemplación ante el Santísimo, siempre que le quedaba algún momento para hacerle una visita de amigo. Pronto corrió entre las buenas gentes de Getafe su fama de santidad que le acompañó allí donde estuvo. Contaba el  P. Manuel Torres de Jesús y María, que una vez lo vio en la cocina, fue desde allí a la iglesia y allí lo encontró también. Se le ‘rizaron los cabellos’ dijo con juramento. Fenómenos místicos de este tipo se cuentan muchos en las biografías antiguas del P. Alejo Ruiz y Manuel Pérez.  A su muerte, otros muchos escolapios afirmaron, también  bajo juramento haber presenciado prodigios atribuidos a su intercesión ante el Señor.

Los trabajos y penitencias debilitaban su salud. Pero su muerte se iba a producir, sobre todo,  por contagio de otro religioso enfermo, a quien también cuidaba, el H. Blas  del Espíritu Santo. Este hermano había sido arquitecto de varios colegios de Aragón y Castilla, y últimamente trabajaba en la construcción de la Iglesia de Getafe, en colaboración con el H. Gabriel Escribano, que, con el H. Joaquín, también atendía al enfermo. Murió santamente, como había vivido, el 9 de abril de 1772, cuando cumplía 29 años.  Al morir el  H. Joaquín, el H. Blas, que falleció poco después, testificó lo mucho que conocía sobre las virtudes y santidad de su enfermero.

Como la iglesia del colegio estaba en obras, el P. Vicario Provincial ordenó que el cadáver fuera trasladado al colegio San Fernando de Madrid, con gran disgusto de las gentes, que tanto lo querían.

                                                                                 

Valeriano Rodríguez Sáiz Sch.P.

 

 

BIBLIOGRAFÍA.:

  • Archivo Provincial TDE, C. 0018/01, p. 128; 0098/03, B;
  • A. Ruiz: Vida del V.H. Joaquín de Santa Ana, (manuscrito) 1775, Biblioteca Provincial TDE, n. 1561;    
  • M. Pérez, Corona Calasancia, t. IV, p. 83, Madrid, 1865;
  • E. Llanas, Escolapios Insignes, IV, p. 5, Madrid, 1900; C. Rabaza, Historia de las Escuelas Pías en España, II,  p. 424, Valencia, 1917;
  • I. Díaz, Historia del Colegio de PP. Escolapios de Villacarriedo, pp. 126, 428, Reinosa, 1924;
  • Diccionario Enciclopédico Escolapio, II, p. 188, Salamanca 1983.