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TURIEL SANTIAGO, AGUSTÍN Sch.P.
* Alcañices (Zamora), 28/08/1905
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Madrid, 22/01/1966
Provincial de Castilla, Pedagogo, Orador,.
Después de los estudios elementales en su escuela de Alcañices, el mes de septiembre de 1917 sus padres lo llevan al aspirantado de Getafe (Madrid), siguiendo los pasos de su hermano mayor, Pedro. A Agustín le seguiría luego Felipe, el hermano pequeño. Los tres fueron escolapios ejemplares. Escolapia fue también una hermana suya, Julia, la más joven de los cuatro.
Al final del primer año el chiquillo enfermó de una pierna. Sus padres, aconsejados por los educadores, determinaron ir a recogerlo y llevárselo a casa, para atenderlo de cerca. Pero la enfermedad, en vez de mejorar, se agravaba. Ellos siguieron esta vez el cariñoso consejo médico de ir con Agustín a Madrid, a la consulta de un conocido especialista. Mas todos los remedios fueron inútiles. Finalmente, intentaron el antiguo y popular remedio de las aguas medicinales. Durante tres años lo acompañaron al famoso balneario de La Toja. Y, efectivamente, ‘a la tercera fue la vencida’. El tratamiento surgió efecto, y él se vio curado de la pierna, con la natural alegría de sus padres.
Alegre, volvió de nuevo a nuestro colegio de Getafe. Allí siguió los estudios, vistió el hábito escolapio el 24 de agosto de 1921, e hizo la primera profesión el 30 de agosto de 1922.
Finalizada esa primera etapa de la carrera escolapia, pasó ese mismo año con los demás compañeros de curso a la Casa Central de Irache (Navarra) a continuar estudios; ahora, los de Filosofía. Terminados éstos, vuelve a Getafe. Su salud de nuevo se deteriora, esta vez se trata de una afección de hemotisis, quizá por contagio con otros jóvenes que allí la padecían entonces. Fue atendido con cariño e interés, pero sus formadores vieron necesario que interrumpiera los estudios. Enviado ahora a Sevilla, fue allí donde recuperó la salud, que después conservó tantos años. Contento, vuelve a Getafe. El 25 de septiembre de 1927 pronuncia sus votos solemnes. Terminado ese curso, es destinado a Santander, y, al año siguiente, ordenado sacerdote, el 20 de septiembre de 1928.
Conocedores de su preparación académica y valía humana, a sus 36 años, en 1931 los superiores pensaron en él para ocupar la cátedra de matemáticas en la Casa Central de Estudios de Irache; pronto tuvo que explicar también Filosofía. Quiso compaginar la vida de profesor con la de estudiante, y decidió comenzar los estudios de licenciatura de Matemáticas en la universidad de Zaragoza. Al final se convenció de que, para realizar con eficacia los estudios de Matemáticas tenía que asistir personalmente a las clases universitarias. Para poder hacerlo, en 1934 deja Irache y vuelve al Colegio de San Antón de Madrid. Desde allí acudía diariamente a la Complutense, donde termino la Licenciatura.
En 1936 la guerra civil le atrapó de vacaciones en casa de sus padres. Terminadas, en vez de volver a Madrid, vio más acertado ‘refugiarse’ en nuestro colegio de Toro (Zamora). Allí estuvo hasta 1939, final del conflicto armado, cuando se reincorporó al colegio de S. Antón. De 1941 a 1942 lo vemos otra vez en Toro, a cuyo colegio había cogido afecto, y allí hubiera continuado muy a gusto, si la obediencia no le hubiera convocado ad majora.
En efecto, las autoridades escolapias de Roma y los Provinciales de España veían necesaria la renovación de los junioratos; pensaron una vez más en el P. Agustín, y le propusieron una apremiante tarea, que iba a ser nombrado Rector de Irache, lo que aceptó religiosamente. Recibida la obediencia, allá se fue con ilusión. Iba acompañado del P. Laureano Suárez, que ya era profesor de los juniores. Sabemos por las crónicas que fue recibido con sentimientos de ilusión y de júbilo por aquella comunidad y los jóvenes escolapios. Era el año 1943. Bien pronto se pudo comprobar que sus hechos respondían a tanta expectativa, pues rápido dio muestras de su juventud, capacidad y tesón por renovar las anticuadas instalaciones y métodos pedagógicos. Nuevos dormitorios, nuevas aulas, comedor, y nuevos programas; y todo con el asentimiento de los respectivos Provinciales, a cuyas puertas solía llamar con buen tacto, para recabar los siempre exiguos medios económicos, con que ellos podían ayudarle.
Fue nombrado vocal y asistió en Roma al Capítulo general de 1947. En 1948 fue uno de los encargados de recibir en España las reliquias, el corazón y la lengua, de S. José de Calasanz. En su larga gira por tierras escolapias con solemnísimos recibimientos, las reliquias llegaron también al escondido monasterio de Irache. El recibimiento había sido cuidadosamente preparado, sobre todo por el P. Rafael Pérez y sus enfervorizados juniores, por lo que resultó muy solemne y fervoroso. Como reconocimiento a su acertada gestión, el P. Agustín fue reelegido Rector de Irache hasta 1949.
Ese año asistió al Capítulo Provincial de Castilla, donde ya fue elegido Provincial. Estuvo en el cargo hasta 1955. Su tarea en el nuevo cargo también respondió a las esperanzas que la Provincia había puesto en él. Era el momento de iniciar y de cimentar las Escuelas Pías en Colombia, y a eso dedicó sus mejores preocupaciones, como el envío de personal, aun a costa de verse obligado a ajustar el que quedaba en los entonces florecientes colegios de la Provincia. Así pudo fundar los colegios de Socorro 1948, de Bogotá “Calasanz” 1949, Medellín “Colegio Calasanz” 1950, Cúcuta 1953; Bogotá “Seminario Calasanz” 1953, Cúcuta “Atalaya” 1954, Medellín “Escuelas Pías 1955, Bogotá “Instituto Cooperativo Calasancio”, 1956.
Su nombre y actividad llegó a sonar lejos del retiro monacal de Irache, y los religiosos españoles de la enseñanza, en 1951, le eligieron 1º Presidente de la FERE nacional, que presidió los dos primeros años de su creación. Director de Textos E.P. Fue quien alentó la Revista Calasancia desde su reaparición en 1955 hasta 1962, siendo Presidente nato del Consejo de Dirección. Desde 1952 a 1962 fue nombrado Delegado General de España, sobre todo para las casas de Irache y Albelda. Y en el campo educativo nacional, fue nombrado Miembro del Consejo Nacional de Educación.
No se olvidó de la familia escolapia femenina, de las Religiosas Escolapias, de las Calasancias y de las Misioneras del P. Portolés. Él presidió el Capítulo General de las Calasancias en el año1954. Y, acabado éste, el Nuncio de España lo nombró Asistente Religioso de la nueva Madre General. Y por lo que se refiere a las MM. Escolapias, las asistió espiritualmente con gran interés sacerdotal y escolapio; sobre todo el noviciado de Carabanchel los años 1964-1967. Él presidió tres Capítulos provinciales de Escolapias, y el correspondiente Capítulo general. Ellas mismas, conocedoras de su valor humano y calasancio, acudían con frecuencia y confianza a él en busca de consejo.
Así lo recuerda la M. Dolores Pérez Martín, novicia de uno de aquellos años:
“El P. Agustín Turiel fue, en nuestro noviciado, el fundamento de la apertura, el testimonio de la verdad, el oxígeno liberador para muchas, y, visto desde el querer de Dios, el instrumento del camino seguro que Dios indicaba. … Muchos años después, estudiando la figura de nuestra Madre Fundadora, he comprendido vitalmente lo que las Escolapias debemos a los Escolapios. No exagero nada al poner al P. Agustín Turiel en un lugar privilegiado en nuestra Provincia de Castilla; digno de ser recordado junto a las figuras señeras del P. Jacinto Feliú y Agustín Casanovas”.
De la M. Pilar Moriones se conservan cuatro páginas que resumen la actuación religiosa y calasancia del P. Turiel en la Congregación de las hermanas Escolapias. Cuatro líneas de ese elogio lo resumen muy bien:
“Paternidad espiritual, sin paternalismo, y fraternidad escolapia, llena de dignidad y de alegría; actitud de servicio, sin discriminaciones, sin exigencias, libre de lo que minimiza, infinitamente lejana de todo interés personal; respeto inquebrantable a la voluntad ajena en todo y por todo; prudencia sólida y resistente; prudencia articulada, sorprendente, sin fallos”.
En 1961 fue nombrado Provincial por segunda vez, y reelegido en 1964. Visitó con gran fervor apostólico los colegios de Colombia. En 1964, tras muchas idas y venidas a Ecuador, vio bendecida por el Señor la obra de Cañar, Colegio “Fiscomicional” 1964. Al año siguiente, consciente de la necesidad de capacitación escolar de los religiosos que ya estaban ejerciendo en los colegios, ideó y consiguió ver realizado el “Curso de Matemáticas”, que tanto ayudó a la consecución de títulos académicos, y que quedó por mucho tiempo en el recuerdo de los que se vieron beneficiados.
Pero no pudo terminar el tercer mandato, pues, inesperadamente, Dios lo llamó consigo el 22 de enero de 1966, el mismo día que celebraba su fiesta el P. Vicente Tomek, que tantas esperanzas tenía aún puestas el P. Turiel.
Dice de él el que fue su fiel Secretario, P. Rafael Martín:
"El P. Agustín Turiel era profundamente espiritual. Al salir a los colegios y al volver a S. Antón, se acercaba siempre al coro de la iglesia a saludar al Santísimo. Era excelente predicador, por su claridad y profundidad teológica. Era muy culto; no leía mucho; pero seleccionaba los libros, los leía transversalmente, lo suficiente para captar el pensamiento, que su buena memoria conservaba para cada circunstancia. Ni leía dos veces el mismo libro, porque él mismo era una biblioteca. Tan cierto es, que, a su muerte, sólo tenía en la habitación la santa Biblia, el Breviario, las Constituciones, el Código de Derecho Canónico y el volumen Enciclopedia Universal Herder".
Y el P. Jesús Fernández, alumno suyo, que actualmente vive en uno de aquellos colegios de Colombia, tan queridos por el P. Agustín, dice de él:
“Del P. Agustín Turiel me admiró siempre su equilibrio y ponderación. Y ese creo que era el sentimiento unánime de quienes lo conocimos. Cuando en el lenguaje tradicional la Iglesia habla del ‘vir gravis et prudens’ me viene siempre la memoria el P. Agustín Turiel, hombre ponderado, de hondos valores, de amplísima y bien asimilada cultura, de dotes pedagógicas poco comunes, de grandes virtudes religiosas, de trato exquisito y simpático, de profundo amor a la Iglesia y a la vocación escolapia…y todo ello en un grado notable de equilibrio y de sentido del momento oportuno”.
P. Valeriano Rodríguez Saiz
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